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INOCENCIO GARCIA GARCÍA “CHENCHO”, ALDEHORNO UN GRAN TRABAJADOR Su vida es la de tantas personas anónimas que consiguen mantener los pueblos pequeños en pie y una filosofía rural que hace historia. Es difícil encontrarle mano sobre mano. Se ha dedicado a llevar remolacha, podar, vendimiar, hacer labores agrícolas, trabajar en los montes… Siempre en el pueblo, rico en viñedos, aunque a él no le gusta el vino, pero se desquita hablando. Con las mujeres dice haber sido un gran tímido y, a pesar de ello, su única salida fue a Honduras para casarse. Luego volvió a Aldehorno con su familia y siguió practicando lo que ha hecho toda la vida: trabajar.
Lunes, Febrero 7, 2011 - 14:54
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Este es un enlace al Adelantado de Segovia

Estrella Martín Francisco

Cruzamos la sierra de Pradales y pasamos por Villanueva antes de llegar a Aldehorno, que es como un río de savia segoviana que se adentra en tierras de Burgos. Es un pueblo volcado en los viñedos que bulle en plena vendimia, con un ojo puesto en el cielo y otro en las cuadrillas de familiares y amigos. Casi hemos cogido a Chencho a traición, sin darle tiempo a reaccionar o a prepararse mucho. Dacia, su hija, permanece a su lado apoyándole en todo momento de forma cariñosa y dándonos valiosa información mientras dialogamos en un aula de las antiguas escuelas, su casa familiar.

Toda la familia de Chencho es de Aldehorno y se ha dedicado principalmente a la agricultura, como él. Sólo unas 25 personas viven todo el año allí.

   ¿No te atraía Madrid como a los demás?

“Mi intención fue irme porque, las cosas como son, en el pueblo no había chicas ni nada y me compré un pisejo allí, pero, al final, me lié que si unas tierras, que si otras y me quedé aquí. He gastado seis cosechadoras y cuatro tractores”.

¿De dónde te viene esa afición a trabajar?

“Yo qué sé. Yo he nacido en el campo. Cuando tenía cinco o seis años mi padre labraba todavía con vacas, porque una yunta de machos valía mucho, y yo las cuidaba y daba de comer, y con doce ya iba a arar. Éramos dos hermanos, pero mi hermano, que era siete años mayor, tenía afición por la madera. El padre de mi madre hacía cubas, arados y muchas cosas de madera. Mi hermano siempre estaba con cuchillos y estuvo unos años aprendiendo de carretero. No me quedó más remedio”.

En la mili estarías sufriendo un año sin trabajar…

Fácilmente que sí…

¿Se puede vivir de la agricultura?

“Voy a ser claro como el agua. Me he dedicado a trabajar honradamente, a lo mejor he cometido errores como todo el mundo. Me he dedicado mucho a llevar remolacha, a trabajar otras tierras, a llevar leña…Mi padre tenía mucho monte y, si no tenía viajes, que era un dinero muy lucido, me iba a cortar leña. Yo nunca me he estado parado”.

Aunque pueda parecer que el invierno es época tranquila en el campo, Chencho nos dice que los viñedos requieren mucha atención. Aldehorno siempre ha vivido de ellos porque se cavaba todo a mano y tenían trabajo todo el año. Llegaron a vivir 800 personas pero, vinieron malos tiempos y muchos emigraron a Bilbao. Todavía hoy en día vienen familias del norte buscando sus orígenes en el pueblo.

Más que de bares, la costumbre era ir a la bodega a echar un trago fresquito, sobre todo después del trabajo en el campo. “Mi padre bebía los días de verano cerca de media cántara. Cuando íbamos a segar allá largo se llevaba su botella de cuatro litros y la de gaseosa y no tenía bastante. Cuando s e iba a trillar venga trago, venga trago, y o buenas juergas o buenos palos”.

¿Qué característica tiene la uva de aquí?

“La de antes la decían tinto del país o de Aragón y se cogía y se echaba a lagares. Se trataba de recoger un poco regular, pero no importaba si estaba un poco agraz o con cuatro de ellas un poco más deterioradas. Ahora es tempranillo tinto y te exigen más”.

¿Cómo es un día de vendimia normal?

“Trabajar y trabajar pero siempre hay más juerga. Nos juntamos siete u ocho en buena armonía y vino a todo meter y parrillada. Estamos seis u ocho vendimiando y lo llevamos a 10 o 15 kilómetros, a Milagros, Olmedilla. Antes lo llevábamos a Aranda, Fuestespina, Peñafiel… pero la mayoría de las bodegas están en Burgos”.

Te vas un mes a Honduras y vienes casado. Cuenta , cuenta…

“Yo siempre he vivido bien, siempre trabajar, y todos me decían: ‘Te hace falta una mujer’. En las fiestas andaba con jaleos de canto, pero con chicas era muy raro y tímido”.

Por medio de una conocida, entró en contacto con su mujer y, tras unos meses, decidieron casarse y vinieron con Dacia y su hermana. “Dejé las cosas lo mejor que pude. La antevíspera de irme me vienen con un montón de plantas de uva y yo con el billete comprado, así que las metí en la nave y las tapé lo mejor que pude”. Ya han pasado 17 años de la boda y siguen unidos y existe entre ellos un gran respeto. Asoma su mujer que no deja de trajinar entre la cocina y su nietecito.

¿No fue duro dejar la capital y venir a un pueblo tan pequeño?

“Yo traía las niñas y me valió mucho. Lo más difícil para adaptarse fue el clima, porque las costumbres son parecidas”.

Dacia vino con 7 años. Para ella resultó complicado dejar a sus seres queridos. “Allí somos muy familiares y en el pueblo éramos las únicas niñas. Estábamos acostumbrados a estar en la calle, a hacer la vida fuera…”

Chencho, ¿qué se hubiera traído de Honduras?

“Fruta. Me traje plátanos verdes pero no llegaron a madurar, se me secaron. Allí hubieran madurado en dos días”.

Pensó jubilarse a los 75, pero dice que le jubiló la vida a los 70. Sufrió un accidente en la calle que le dejó mermado físicamente. “Ese año todo fue pagar y yo soy un poco crudo, el duro que cojo me cuesta soltarlo”. Dentro de unos meses cumplirá los 73 y le encanta hablar. Nos cuenta que ha sido donante de sangre muchos años, de su afición a la geografía, la historia y los números. También nos habla de sí mismo: “Tengo mal genio y mala lengua. Pero mi padre era de esa forma y de lo que se ve se aprende”. También reflexiona sobre la falta de convivencia y sinceridad y la televisión. “No ves más que tiros y matar gente”. Siente devoción por su madre, que nos mira sin descanso desde un retrato. “Era formal en todos los aspectos. Todo el pueblo te lo dirá. Estaba levantada hasta las tres de la mañana, nada más que trabajar”.

Dacia insiste en que su padre se arregle para las fotos. “Me he puesto el pantalón de los domingos, pero me han dicho que dónde iba”. Salimos a la calle de este pueblo en tierra de nadie que se siente abandonado por Segovia, su provincia oficial, y por Burgos, donde tienen los pueblos más próximos. Por ejemplo en Fuentenebro, a tres kilómetros, está la farmacia. El sol luce definitivamente y la cuadrilla se impacienta esperando a Chencho . A nosotros sólo nos queda echar una última mirada a un pueblo con rutas por el monte, pinar, arboleda y unas bodegas para echar un trago.

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